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ISSN 1989-4163

NUMERO 103 - MAYO 2019

 

Tu Palabra de Racimos Crecida

Ramón Asquerino

(Carmela y Amparo en Casablanca)

«Y, amor, enamorarte eternamente:
                                                      en torno de ti,
                         fuente que no ceja,
seguir diciendo el vidrio de mi suerte,
el mercurio del miedo de perderte»
Ida Vitale, Oficio

«Mar entero de olas que revuelcan a las anémonas contra tus hombros de [Monte Alto,
hasta que llegue cada uno con su apocalipsis particular, y san Juan nos [escriba
sus últimas siete cartas, sus rasgados versículos, ya sin números, infinitos, [como tu mirada»
Los últimos vecinos

Para Carmela J.V., que ella sabe quién es, y yo no: «Mi madrina  vivía en una hermosa casa de la limpia y antigua ciudad de […]»: Charlotte Brontë: Villette

***
La flor marina de un beso templado,
en esa tu palabra de caléndulas y risas,
azul interior lapislázuli de Casablanca,
lejos de la zona abisal de prohibido amar
que España proyectaba en una pantalla en blanco y miedo:
noche larga de ausencias, de nombres ocultos,
de voces acalladas entre cunetas y terraplenes,
entre el silencio de cal de las paredes,
de los agujeros de sus balas incrustados en el muro,
de campos de concentración recién descubiertos,
de filamentos de susurros bajo mortecina luz.
Así, holladas, vosotras huíais buscando
la flor marina de un beso escindido,
destemplado entre páginas escondidas,
bajo el tenebroso rastrojo de la España árida,
terca hasta impedir el aire y ahogarnos.
Protagonistas calladas de otra Casablanca,
hacíais allá vuestro propio rodaje,
jóvenes al respirar de pizarras,
lentas filmando imágenes,
humos de alegrías cenizas
de vuelta a España en vacaciones
para ahuyentar destierros que cercaban, cercenaban,
bajo un silencio de nieve para nadie:
puerto de amor abierto, ahora clausurado.

El aire de tu pelo, Carmela, ondulando tus manos
que acariciaban esa voz de aguda melodía
de consejos, tras la agilidad de tu cuerpo,
tu cuerpo sin discusión y belleza,
un racimo de miradas tu cuerpo,
tu cuerpo a gatas con la luna,
tu cuerpo maullando azul.
Tal vez tenías la vocación del mar,
y fuiste directa a cumplirla, sagrada oratoria
en el templo de vuestro retiro,
tan lejos de aquella España censora,
envidiosa y avara de tradiciones,
secreta, negra, oscura, gris, sombría,
silente, escandida en los Pirineos,
escondida de sí misma:
España de palabras de alquiler,
traidora con sus hijos alejados.

El mercurio del miedo de perderte.

La fiebre inhumana de esa tu soledad congénita:
—Fuera, madre, hace noche, frío y más miedo,
 contabas en palabras como sarmientos,
brotes  para tu cuerpo dolorido,
orilla tras desván, trastero tras marejada,
detrás de tus ojos anónimos, soñolientos
de noches de san Juan
ardiendo en besos de vigilia, despiertos
resplandores como ecos de angustia
por aquella fatua Península.
La Casa Blanca escrita a tu manera de piel
y caricias, en un alfabeto ininteligible para tanta España,
que rezaba a sus santos en fiestas de devoción al alcohol,
sangre transparentemente cobarde en las plazas.

El hornillo portátil de vuestra vida importada,
tenue filamento de húmeda libertad,
al bies del imponente negro alfil,
el humilde anafe de sabeos brazos,
cuya sombra se os quedaba intonsa,
edición no venal por ese paisaje del miedo.
Y respirar, sin saber que estáis respirando

La flor marina de un beso templado
en esa tu palabra de caléndulas y risas,
en ese tu cuerpo hecho a sus manos
y semejanza.
Tu cuerpo derramado de barcos y algas,
tu pensamiento de ascenso en espumas,
 manantial con abisales proverbios,
tu palabra germinando,
la fuente que no me ceja:
ni ya tengo otro officio,
que ya solo en amar es mi exercicio.

Y, amor, enamorarte eternamente:
en torno de ti,
fuente que no ceja,
seguir diciendo el vidrio de mi suerte,
el mercurio del miedo de perderte.

Tu palabra de racimos crecida en mi tronco.
***

Morada Madrid: 8 de marzo de 2019

 

 


 

 

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